
Que lindas son las mañanas otoñales y soleadas por las calles de Montevideo! Y de eso nunca me había dado cuenta, no supe ver lo que tenía ante mis ojos. Ese algo tan simple pero a la vez tan importante para completarnos y que a veces buscamos tan profundamente y no nos damos cuenta que lo que queremos está a flor de piel.
El sábado pasado supe disfrutar de este paisaje. Caminar por la peatonal Sarandi, mirando los anticuarios ambulantes que se arman sábado a sábado un tanto espontáneamente, pero con un orden pintoresco, por allá por la plaza matriz. Un paisaje urbano que nos deleita con su identidad propia. Puestos que nos hacen disfrutar antigüedades de gran valor, y no me refiero al valor económico, que seguramente muchos de ellos tienen, sino al valor socio-cultural e histórico.
Uno camina por esos espacios, y parece que el tiempo se hubiera quedado detenido, un ambiente calmo, el sol dando los primeros rayos del día, la ciudad que se va levantando de a poco, y uno contemplando todo lo que ve, imágenes que sin lugar a dudas vivirán por siempre en nuestros pensamientos. Viendo esos “aparatejos”, esos elementos restaurados a la perfección en un trabajo artesanal que realizan esas personas que, en sus dichos y gestos, notamos aman lo que hacen, somos transportados de una forma casi fantasiosa a decadas pasadas, a siglos pasados. Nos hacen viajar a través de la historia y nos ayudan, en gran medida, a comprender el hoy, nuestro hoy.
Incluso en esta aventura podemos encontrar algo que nos sirva para darle color a ese rincón de nuestra casa que notamos un tanto olvidado, mezclando lo antiguo con lo moderno, en esa magia que tiene inherente toda la historia que allí se inhala.
Sinceramente ha sido una de mis mejores mañanas, respirando ese aire de tranquilidad que abunda en una ciudad vieja distinta, una ciudad vieja desconocida por muchos. Ciudad vieja que revive en nuestras mentes la filosofía del carpe diem y ayuda a practicarlo.
Recomiendo la visita a este rincón de la ciudad, recomendado para hacer al menos una vez al mes, con un amigo, amiga, pareja o ese ser querido que no vemos hace mucho tiempo. Un momento sin lugar a dudas, muy lindo para compartir con ese alguien especial. Un ambiente que llama al diálogo, a disfrutar de la vida.
A veces está bueno descansar el viernes a la noche, y emprender esta travesía el sábado a la mañana, a primera hora, cuando el sol saluda a la ciudad, allí por la peatonal Sarandi.
Es como dice el refran, “al que madruga Dios lo ayuda”, y de seguro que es así, un excelente comienzo para el sábado, una genial actividad para que el fin de semana sea mejor aún y termine siendo inolvidable.